El Domingo de Pascua de Resurrección, al rayar el día, las campanas de todas las iglesias tocaban a ‘gloria’. Las mujeres acudían a la parroquia, para acompañar a la Virgen, que salía en busca de su Hijo Resucitado; los hombres se concentraban en la ‘La Carrera’, ante la ermita del Santo Cristo.

Cuando la Virgen se encontraba a corta distancia, se producía un estampido de pólvora, al que seguían multitud de salvas; los tambores atronaban, simulando un terremoto, se abrían las puertas de la iglesia y , entre nubes de incienso aparecía el Señor resucitado, representado por la imagen del Niño Jesús, desnudo, mostrando cinco llagas, empuñando un precioso banderín de plata y afianzado sobre el sepulcro vacío, indicando así su triunfo sobre la muerte.

Bajo este ingenuo simbolismo, se encerraba una profunda lección de Teología, que todos entendían: en la efigie del Niño, estaba simbolizada la vida nueva de Cristo Resucitado, gloriosa, inmortal, impasible, y el renacer de la naturaleza humana a la vida de la gracia.

Tras el ‘encuentro’ del hijo con la Madre, ésta iniciaba tres reverencias en señal de acatamiento y el Hijo se aproximaba, como queriendo abrazarla; luego, entre cánticos de victoria, se organizaba la procesión de vuelta ala parroquia, donde permanecía el Niño todo el tiempo de Pascua, hasta el día del Corpus que acompañaba al Santísimo en su recorrido por las calles de Cazorla, sirviendo de guía en el solemne cortejo eucarístico. Al final, a los acordes de la música y seguido por multitud de fieles, se devolvía a su ermita del Santo Cristo.

Con este ritual se celebró en Cazorla la procesión del Señor Resucitado, al menos hasta comienzos del siglo XIX, pues hay constancia de que, el 7 de abril de 1813, D. José de Salas, alcalde Constitucional de la Iruela, se dirigió al vicario arzobispal de Cazorla, Dr. D. Manuel del Campillo y Castao, solicitando licencia para celebrar la procesión del Santo Entierro y Soledad de María, con el mismo ceremonial con que se realizaba en Cazorla, en la ermita del Santo Cristo de la Vera-Cruz. La licencia se concedió tal como la pedían, y la parroquia de Cazorla les proporcionó los ornamentos necesarios, pues, en La Iruela, se había perdido todo en el incendio delas iglesias provocado por los franceses.

Aunque con distinta parafernalia, la talla del Niño Jesús de la ermita del Santo Cristo, colocada sobre el sepulcro vacío, presidió la procesión del Señor Resucitado, hasta bien entrado el siglo XX, las cofradías, en un afán de renovación mal entendido, adquirieron diversas imágenes de pasta de madera, de ningún valor artístico, entre ellas , la del ‘Resucitado’, y, prescindiendo de ancestrales costumbres, dieron paso a unos desfiles procesionales de Semana Santa, sin personalidad, que nada tenían que ver con la riqueza cultural y religiosa de nuestras representaciones de Pasión tradicionales.

Texto: D. Rufino Almansa Tallante, Prb e Historiador.




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