|
Sobre
las cinco de la tarde del Viernes Santo, varios individuos de la
‘judea’, que así llamaban a los
penitentes, desde
diversos puntos del pueblo, al ruido seco de las carracas, convocaban a
los vecinos al sermón y paso del
‘desenclavamiento’,
que tenía lugar en la parroquia.
Mientras
se realizaba el descendimiento de Cristo de la cruz y se colocaba en el
sepulcro, un sacerdote hacía de cronista y, a intervalos, se
cantaban salmos y lastimeras endechas, alternando coro y pueblo.
Seguidamente se procedía a la procesión del Santo
Entierro, que, presidida por los dos cabildos, civil y
eclesiástico, discurría, en medio de un
impresionante y
religioso silencio, hasta la ermita del Santo Cristo, donde quedaba
depositada la urna con la imagen del Señor muerto.
Cerraban
la puerta con aparato ceremonial y, junto a ella, en la calle quedaba
una guardia de cuatro soldados romanos que se relevaban, de tiempo en
tiempo, custodiando el sepulcro.
Texto: D. Rufino Almansa Tallante, Prb e Historiador.
|