Corría el año 1991, las procesiones de Semana Santa llevaban desfilando por las calles de Cazorla cuatro años, gracias al esfuerzo e ilusión popular. Sin embargo, entonces como ahora, las dificultades económicas eran una constante en las cofradías, y cualquier propuesta de mejora se recibía con los brazos abiertos.

Fue entonces cuando surgió la figura de Antonio Martínez, conductor experimentado de la Agencia de Medio Ambiente y miembro de la Junta Directiva de la Cofradía de Semana Santa. Gracias a su relación con el Ingeniero de Montes del Parque Natural, Don Miguel Ángel Simón, consiguió que se reutilizaran los pinos de las entresacas forestales como adornos navideños en los hogares del pueblo, en beneficio de la Cofradía.

La operación de entresaca es una actividad forestal básica, ayuda al saneamiento de los montes eliminando los árboles más débiles y reduciendo su densidad allí donde es demasiado elevada, lo que redunda en un mejor desarrollo de los montes.

Siempre con el beneplácito del ingeniero, en los primeros días de Diciembre, de maitines, partíamos la Plaza de la ‘Tejera’ en dirección a Nava de San Pedro, donde nos recibía el guardabosques encargado de supervisar nuestra recogida.

El trabajo, como un rito, se iniciaba con el encendido de una hoguera para mitigar el frío serrano. Luego, Antonio, Chelo o Mena asían las motosierras, las hachas, y encaraban los primeros pinos. Tras su paso, la limpieza de los árboles caídos, las ramas rotas o en mal estado avivarían el fuego.

Un tercer grupo nos encargábamos de llevar aquellos pinos al camión de Antonio Adán, o al de José Castillo, tal y como se hizo en posteriores años. Y las dificultades, compañeras de trabajo, también estuvieron presentes, como la vez que el camión no dejaba de patinar por el hielo y fue necesario empujar para seguir el camino. O aquella ocasión en que la intensidad de la nevada aconsejó suspender las labores de recogida.

La jornada se prolongaba hasta primera hora de la tarde, no sin hacer un merecido descanso para recuperar fuerzas y disfrutar de las mejores carnes y caldos de la tierra.

Una vez terminada la faena y con el camión cargado de pinos (aproximadamente unos 800 pinos por año), llegábamos al pueblo y los almacenábamos en el local que Manuel Moreno puso a nuestra disposición; o bien, como se hizo en años posteriores, en el Garaje San Blas, situado en la Tejera y donde eran vendidos al público por el precio de 500 pesetas.

El proceso de corta y venta de pinos se repitió durante cinco años más. Y fueron varios lugares que vivieron nuestras andanzas: Nava de San Pedro, Fuenteacero y Coto de San Antón.

Todo finalizó cuando se dejó de realizar la operación de entresaca en la Sierra. Sin embargo quedó el recuerdo del frío y la nieve, de las mañanas lluviosas, pero sobre todo el grato recuerdo de los momentos vividos por un grupo de amigos, sus risas y anécdotas.

Texto: J.C. Galera.




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