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La Imagen de Jesús Nazareno tiene un extraordinario poder de convocatoria. No hace falta ni proclamas ni invitaciones, para que nuestro pueblo se agolpe en torno a Ella. Cuando Nuestro padre Jesús se pone en movimiento se produce enseguida una oleada de fervores cuya descripción se hace poco menos que imposible. Quienes llevan el trono, sobre el que se alza, la bellísima imagen, constituyen un mismo corazón que late al unísono y llegan a ser una sola fuerza que lo alza, lo levanta, lo mueve, y lo mece, repetidamente, sin descansar, hasta el agotamiento físico, hasta el delirio. Quienes lo llevan no se llevan a si mismos. Se hacen piezas de un engranaje perfecto en un movimiento que electriza a la densa y apretada muchedumbre. Tal es el fervor comunicado, trasvasado de unos a otros, que la procesión no solamente la hacen los costaleros, los fieles en fila, las bandas de música, los soldados romanos...La hace todo un pueblo en la transmisión de fervores, contagiosa, que se desborda por toda la calle. LA PROCESIÓN ES TOTAL. Estrellas
del Viernes Santo |
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